viernes, 27 de octubre de 2017

DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XXX DEL AÑO

29-10-17 (Ciclo A)



Al igual que el domingo pasado, en el breve relato del evangelio de hoy, vemos como la intención de la pregunta, tan importante por cierto, que plantean a Jesús, no es tanto el contenido de la respuesta, sino ponerlo a prueba. El domingo pasado esa prueba consistía en arrinconar a Jesús ante el delicado tema de pagar el impuesto al imperio romano; una cuestión más política que moral. Pero hoy el paso dado es más grande. Ahora se trata de que Jesús se defina ante la cuestión fundamental para un judío, cuál es el mandamiento más importante de la ley.

Y Jesús contesta resumiendo la ley de Moisés en dos preceptos fundamentales, y que además los equipara por su semejanza. Lo primero amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas (alma, corazón y vida). Y al prójimo como a uno mismo, este segundo ya está en la Ley de Moisés que narra el Levítico. (Lev 19)

Amar a Dios y al prójimo desde el sentimiento y la empatía, desde la razón y la consciencia, desde la justicia y la verdad. No se trata de palabras vacías, sino de tomar postura ante la opción fundamental de nuestra vida, y situarla bajo la mano amorosa de Dios orientándola a la vez, a vivir ese amor en la auténtica fraternidad. Y Jesús no une estos mandamientos por casualidad, de hecho en el libro del Éxodo que hemos escuchado en la primera lectura, después de que el Señor entregara el Decálogo con los mandamientos de la Ley, los desarrolla concretando su contenido en el texto que hemos escuchado. “No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros /…/ No explotarás a viudas ni a huérfanos. Si los explotas y gritan a mí, yo escucharé su clamor, /…/ Si prestas dinero a alguien de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándolo de intereses”. Y concluye “Si gritan a mí yo los escucharé porque soy compasivo.”

¿Con quién es Dios compasivo?, con el emigrante y con el necesitado.

Dios manifiesta su ira y su justicia frente a quienes oprimen y explotan a su pueblo. Y estas palabras dichas hace más de tres mil años, siguen siendo la voz de Dios en el presente, y una responsabilidad para quienes hoy somos sus testigos y discípulos.

Porque también en nuestros días hay emigrantes, hay viudas y huérfanos, hay oprimidos por los intereses usureros, hay personas desahuciadas que no tienen donde caerse muertas. Y podemos correr el riesgo de contentarnos con explicar la situación por la crisis económica y quedarnos tan anchos, mientras la injusticia subyacente a la misma se mantiene.

Cada vez más los gobiernos pretenden blindar sus fronteras para reprimir al inmigrante. Nosotros mismos amparamos y compartimos esas leyes buscando con ellas proteger nuestro nivel de vida y bienestar, olvidando que hubo un tiempo en el que también tuvimos que salir de nuestra tierra para buscarnos la vida en otros lugares.

A medida que ganamos en cotas de progreso personal y familiar, tenemos bienes suficientes y buena posición social, en vez de vivir una mayor solidaridad, nos encerramos egoístamente creyendo que así nos aseguramos para siempre el futuro.

Estamos perdiendo la capacidad de ver en el rostro del otro a un hermano, para considerarlo una amenaza.

Y mientras unos pocos se han enriquecido por medio del robo a espuertas y sin ningún rubor por su parte, millones de familias soportan la miseria viendo a sus hijos pasar toda clase de necesidades y penurias.

Pues la Palabra de Dios de antaño, sigue resonando con fuerza en medio de su Iglesia hoy y siempre, mientras nosotros tomemos conciencia de que nunca nuestra cómoda posición puede silenciar la verdad ni acotar los límites de la justicia de Dios.



Repetimos con suma frecuencia, que Dios es compasivo y misericordioso, pero la compasión de Dios no es algo con lo que se pueda jugar o  tomarse a la ligera. Porque como hemos escuchado, la primera compasión de Dios es para con los que sufren y claman a él en medio de las injusticias padecidas. Y Dios escucha ese clamor prometiendo su justicia, la cual caerá, casi implacable, sobre los causantes de tanto sufrimiento. ¿Qué es lo que aplaca esa ira de Dios, y que hace que también sea misericordioso? el arrepentimiento y la conversión.



En nuestra sociedad frívola y superficial, podemos caer en el error de confundir a Dios con un títere a nuestro antojo, y que viviendo como nos dé la gana, él siempre nos perdona, creyendo que eso significa tolerancia total. Y no, mis queridos hermanos, tolerancia cero contra la injusticia y el abuso. Tolerancia cero contra la soberbia y la opresión. Tolerancia cero contra la explotación y la rapiña para con los más débiles del mundo. Dios perdona al pecador arrepentido, pero es implacable contra el pecado. Así que tomando las palabras de S. Pablo que hemos escuchado, ya podemos empezar a ser “un modelo para todos los creyentes, convirtiéndonos a Dios, abandonar los ídolos y servir al Dios vivo y verdadero” acogiendo con amor y solidaridad a nuestros hermanos más necesitados.



La comunidad eclesial de la que formamos parte, estamos llamados a ser sal y luz en medio del mundo.

Y eso significa caminar entre la fidelidad al evangelio y la mirada crítica a nuestro entorno. Dios nos llama a vivir en el amor auténtico y fecundo que brota de la vida de Jesús. El amó por encima de todo, con todo el corazón, con toda la mente y con toda el alma, al Padre cuya voluntad buscó cumplir siempre. Y esa voluntad del Padre se encarnaba en el amor al prójimo hasta entregar la vida por él.

Que también nosotros podamos vivir esa espiritualidad encarnada que además de ser la única auténticamente cristiana, es la que puede dar de verdad sentido a nuestra vida.

viernes, 20 de octubre de 2017

DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO - DOMUND



DOMINGO XXIX DEL AÑO

22-10-17 (Ciclo A – Jornada del Domund)



      Celebramos en este domingo, la Jornada mundial de la propagación de la fe, el Domund.

Qué espacio tan apropiado para centrar nuestra atención en la misión que todos tenemos de ser transmisores de la fe. Comenzando por el hogar familiar donde debe volver a resonar la experiencia religiosa como el nexo fundamental de unidad, y dejar que sea Dios quien vaya sembrando con su amor todas las relaciones familiares y sociales.

Esta es la llamada que Jesús nos hace en el evangelio y que en su diálogo con los que intentan manipular la fe, les deja bien claro que:  “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

      Una frase que lejos de querer diferenciar los campos de los social y lo religioso, sentencia la primacía de la fidelidad a nuestra vocación sobre los intereses ideológicos, políticos o económicos. Que ser seguidor de Cristo conlleva poner por delante la autenticidad de la fe y buscar siempre la voluntad de Dios y no las conveniencias individualistas.

      El poder social que ejercían los fariseos abarcaba todos los campos de la vida, social y religiosa. Y para Jesús, la vida entera del ser humano ha de ser orientada conforme al plan liberador de Dios y no dejarse condicionar por los criterios ambientales provenientes de alguna ideología o de cualquier estrategia para la supremacía de los intereses particulares.

      El gran reto para nuestra fe y vida diarias, no es darle al mundo lo que es del mundo. Ya se encarga él de cobrarse cada día más de lo que le pertenece. Lo importante es dar “A Dios lo que es de Dios”. Y entonces conviene que nos preguntemos, ¿qué es de Dios?, aunque la respuesta es evidentemente muy clara para un discípulo de Jesús.

      Porque de Dios es todo lo que afecta a su creación y a sus criaturas. Si Dios es Padre de todos, a Dios le afecta todo lo que les suceda a sus hijos. Y cuando decimos todo, no hay exclusión ni excepción.

      A Dios no sólo le importa la experiencia religiosa de los hombres. A Dios le incumbe la realidad integral de la persona, su vivencia interior y su dimensión social, porque su experiencia espiritual no es ajena a su relación con los demás, ya que es ahí donde se deciden los destinos de las personas, su promoción y desarrollo o su exclusión, esclavitud, opresión y muerte injusta.

      La fe tiene mucho que decir a este mundo nuestro y a todas sus relaciones. Cuando la Iglesia se pronuncia sobre temas sociales y políticos, enseguida salen quienes se sienten aludidos atacándola de injerencia, buscando trapos sucios que echarle a la cara y manipulando su desprestigio público. Las armas para su defensa son mucho más endebles y sólo la autenticidad de su vida y el continuo servicio humilde y silencioso es lo que puede hacer.

      Cuando la Iglesia condena los abusos de leyes que oprimen a los más pobres y limitan los derechos de las personas, no cae en saco roto su denuncia.

      Pero aquellos que tienen la responsabilidad de resolver los graves problemas del pueblo, se sienten molestos y amenazados por la libertad de una Iglesia que no se pliega a sus intereses. Y esto tampoco se olvida. Es cuando se arremete contra ella porque no comparte los objetivos de quienes imponen sus tesis o proyectos.

      Escuchar hoy la llamada de Dios, nos ha de llevar a buscar su reino y su justicia. También nosotros tenemos que darle a Dios lo que es suyo, y esto es transformar este mundo nuestro en su reino de amor, justicia y paz, desterrando todo aquello que lo divide y esclaviza. Somos hermanos los unos de los otros, y en este día del Domund es cuando más claramente aparece la fraternidad universal.

Los misioneros diseminados por todo el mundo, especialmente en los países más pobres de la tierra, sólo son noticia cuando sucede alguna catástrofe. El resto del año y del tiempo, desaparecen del foco de atención mediática. Sin embargo es su entrega constante, su servicio y sacrificio diario, lo que siembra de amor y de esperanza la vida de millones de personas desahuciadas por la dinámica egoísta que sustenta las relaciones de mercado de nuestro mundo.

Los misioneros siguen siendo la caricia de Dios en medio de este mundo tan necesitado de nuevas formas socio-económicas que, sustentadas en los valores del Reino de Dios, sean el sustrato fecundo del que emerja una auténtica fraternidad universal.

Hoy celebramos esta jornada anual del Domund; muchos ayudaremos con nuestras aportaciones económicas, con nuestra oración confiada, y con el recuerdo agradecido, los trabajos de nuestros misioneros. Ellos en la distancia física han de sentirse alentados y sostenidos por nuestro amor fraterno.

Que sepamos alentar su labor, más que con el dinero, que siempre es necesario, con nuestra oración, apoyo y solidaridad, las cuales son imprescindibles.

Y que al contemplar su entrega y sacrificio, demos gracias a Dios que sigue suscitando en medio del mundo, personas que desarrollan hasta el extremo lo mejor de la condición humana.

viernes, 6 de octubre de 2017

DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO

8-10-17 (Ciclo A)



       Después de escuchar durante las semanas pasadas, como Dios es compasivo y misericordioso, y que el perdón que siempre nos ofrece ha de ser compartido y vivido por todos nosotros, hoy la Palabra del Señor  nos invita a dar un paso más para que vivamos nuestra fe con autenticidad y coherencia.



       La fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo no es una fe abstracta, pasiva, lejana o indiferente con el destino del mundo. La fe cristiana se autentifica en el seguimiento de Jesús, para vivir conforme a su estilo de vida y encarnar en nuestra realidad su mismo proyecto salvador. La fe verdadera, tiene consecuencias concretas para nuestra vida.



       La historia de Israel mirada a través de los ojos del profeta Isaías, y recogida por el mismo Jesús en el evangelio, es denuncia por su actitud de autocomplacencia e irresponsabilidad en aquellos que, debiendo ser agradecidos por los dones recibidos y por ello generosos con los demás, muchas veces han caído en el egoísmo y la soberbia de creerse los dueños del mundo y superiores respecto de otros pueblos.



       Ese mundo contemplado por el profeta, es descrito por Jesús, como la Viña de Dios. Una viña creada por amor, cuidada con esmero y preparada por Él, para que en ella se desarrolle la vida humana en su plenitud, y poniendo las condiciones necesarias para que sea el germen de donde brote su Reino de amor. Para ello, Dios ha confiado su desarrollo al ser humano, y la ha puesto en nuestras manos para que conforme a su plan, la vayamos sembrando de relaciones fraternas y solidarias y cosechemos frutos de paz, concordia y justicia entre todos y para todos, sabiendo que esta viña no es posesión privada de nadie sino un regalo, un don para cada uno de nosotros y para toda la humanidad.

       Sin embargo, no hay más que echar una mirada a la viña del mundo para ver el solar estéril en el que tantas veces la hemos convertido, y no porque Dios nos haya castigado conforme a la amenaza vertida por el profeta, sino por la perversión que ocasiona el pecado egoísta, que nos hace creernos dueños de la creación sometiéndola al capricho de los intereses particulares y esclavizando o eliminando a quienes desde su pobreza y necesidad, nos recuerdan lo injusto e inhumano de nuestro proceder.



       Y aunque ciertamente mayor responsabilidad tienen quienes más altos cargos ostentan y más bienes poseen, todos de alguna forma queremos vivir mejor y en nuestras ambiciones personales vamos olvidándonos de la caridad fraterna y la compasión por los demás.



El egoísmo del ser humano es la actitud que mejor muestra la idolatría que la sustenta. Porque no olvidemos que la denuncia del Señor en el evangelio, no sólo se debe a que aquellos jornaleros no dan los frutos debidos a su tiempo, sino que además de no aceptar a los enviados que el Dueño les envía, terminan por matar a su propio hijo.

En esta figura, quedará anunciada la propia entrega de Jesús, el Hijo amado del Padre, y que habiendo sido enviado para recoger el fruto de esta humanidad amada por Dios, en vez de recibirlo con gozo y gratitud, lo condenará a la muerte de cruz.



Jesús, por encima del egoísmo material, está denunciando la soberbia del corazón que lejos de reconocer al Dueño de nuestra vida, quien tanto nos ha amado y tantas veces buscado, le damos la espalda para echarnos en los brazos de los ídolos que satisfacen nuestras pasiones más superfluas, disfrazándolas de deslumbrantes horizontes, como son el dinero, el prestigio o la fama, el poder o el placer, pero que tras su consecución inmediata, sólo dejan víctimas frustradas y fracasadas, con el alma vacía y la conciencia amordazada.

Por eso la llamada a la solidaridad con los demás es tan importante, porque en la medida en que nos hacemos conscientes de la enorme desigualdad e injusticia que existe en el mundo, podremos dejarnos interpelar por las necesidades de los demás, lo cual nos puede acercar a descubrir el rostro de Dios en los más pobres, avanzando hacia una plena conciencia de universal fraternidad.



Dios nos ha colmado de gracia y bendición, nos ha creado a su imagen y semejanza, nos ha llamado a la vida para vivirla con el gozo de sabernos sus hijos. Y esta realidad si es vivida con la gratitud debida, nos hace más dichosos y generosos con los demás. Quien se sabe muy afortunado por todos los dones recibidos, lleva una existencia en permanente acción de gracias, lo cual le llena el corazón de alegría, y eso se nota por sus consecuencias para con los demás.

Por el contrario, quien en su vida la fe se va desdibujando, porque en ella entran intereses contrarios a la dignidad humana y por lo tanto ajenos a Dios, y se arroja en los brazos del materialismo y del hedonismo, endurece tanto su corazón para con sus semejantes, que termina por no reconocerse a sí mismo rompiéndose interiormente.



La totalidad de las injusticias existentes, tienen en sus fundamentos la rebelión contra Dios, porque hay que echar a Dios de la vida del hombre, para que éste se convierta en su sustituto. Así actuaron los labradores de la parábola de hoy. Con su maldad y crimen, estaban diciéndole a su señor que ya no era dueño de sus vidas ni de su viña. Y cuando falta el legítimo señor, otro usurpador lo sustituirá.



Hoy mis queridos hermanos, recibimos una llamada a la fidelidad. Dios nos sigue pidiendo frutos de vida y de amor, aquellos que él mismo sembró en nuestra alma y que cada día con su gracia quiere abonar para que demos una cosecha abundante y generosa. Y sabemos que bajo su mano amorosa es posible vivir con esta gratuidad.

Que nuestra vida cotidiana sea un testimonio elocuente de esta fe que tanto llena nuestra existencia. Y que por el modo de vivirla, con coherencia y autenticidad, sepamos transmitirla a los demás con alegría y sencillez.

Que nuestra Madre la Virgen, nos ayude en esta labor permanente, para que como ella, engendremos en nuestros corazones el fruto del amor de Dios, y así seamos en medio de nuestro mundo portadores de paz y de esperanza.


viernes, 29 de septiembre de 2017

DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO

1-10-17 (Ciclo A)



Acabamos de escuchar la Palabra de Dios y como siempre es su núcleo fundamental el Evangelio de Jesús. En él vemos la respuesta de dos hijos a la petición de su padre, y la manera de concluir del Señor sobre lo que significa cumplir la voluntad de Dios.



Este es el tema central de este domingo, el cumplimiento de la voluntad de Dios, de lo cual va a depender toda nuestra vida.

A simple vista el hecho narrado no es nada novedoso, cuantas veces decimos una cosa y hacemos otra, unas para bien y otras para mal, pero de nuestros actos concretos podemos percibir las actitudes fundamentales que animan nuestra vida y sus opciones.

Cumplir la voluntad de Dios es la vocación a la que cada uno de nosotros hemos sido llamados en el amor. Dios no tiene una voluntad arbitraria y contraria a la dignidad del hombre. Precisamente la voluntad de Dios, tantas veces expresada por Jesús, es que todos sus hijos se salven y lleguemos a la plenitud de nuestra existencia en el amor. Los mandamientos divinos, no son normas de conducta contrarias a nuestra condición humana, sino precisamente la condición de posibilidad de que seamos plenamente humanos, y por lo tanto imagen y semejanza de nuestro Creador. Dichos mandamientos Jesús los va a resumir en dos; amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma, y al prójimo, nuestro hermano, como a nosotros mismos. En definitiva, la voluntad de Dios es que seamos perfectos en el amor, un amor que en Jesucristo ha encontrado su plena encarnación, porque en todo momento buscó y cumplió la voluntad del Padre.



En nuestros días, eso de ser orientados por otros, y no digamos cumplir la voluntad de un extraño, resulta a todas luces escandaloso. Las cotas de autosuficiencia  e independencia son muy elevadas.

Nuestra sociedad valora y exhibe la independencia y autonomía del hombre, sobre cualquier ente externo a él, como una máxima de su indiscutible libertad.

Y aunque ciertamente la libertad y autonomía del hombre es un gran valor, en tanto en cuanto le dignifica, su mala comprensión puede albergar en sí misma su mayor sometimiento y esclavitud.

Es más libre un niño, porque sus padres le permitan no comer lo que no le gusta? Es más libre un hombre porque las leyes le permitan acabar con una vida indeseada, como en el aborto? Es más libre y autónoma una sociedad, carente de principios éticos y morales, y en la que priman  intereses de rendimiento económico o materiales?



La libertad humana es un instrumento al servicio de la dignidad de la persona, y como cauce para encontrar su pleno desarrollo en armonía con sigo mismo, con los demás y con Dios, su creador y Señor.

Echar de nuestro lado a Dios porque puede condicionar con su Palabra y sus llamadas nuestra independencia, concluye siempre con el arrojo de nuestra vida en manos de ídolos esclavizantes, que mediante ideologías vacías nos seducen y oprimen.



Descubrir que Dios sólo quiere el bien de sus hijos, que desde el momento de crearnos nos ha sellado con su amor paternal, y que jamás se desanima en la búsqueda de aquel que se le ha extraviado, es poner en nuestra vida la gran alegría de sabernos amados y protegidos por su divina Providencia.



Jesús, como nos dice el autor de la Carta a los Hebreos, también “aprendió sufriendo a obedecer”. No debemos entender esto como una experiencia impositiva en la vida del Señor, sino que conforme a su condición humana, y siendo semejante en todo a nosotros, supo lo que era optar por la voluntad de Dios y a la vez verse sometido a las fuerzas de nuestra concupiscencia, de nuestros deseos, de los estímulos del ambiente, del poder, de la riqueza, del prestigio. No olvidemos cómo el Señor, también fue tentado, como nos narra el evangelio.

No es fácil cumplir la voluntad de Dios. Y no lo es, no porque sea mala o contraria a nuestra naturaleza, todo lo contrario, como he dicho somos imagen y semejanza de Dios. Nos es difícil cumplir la voluntad de Dios porque estamos permanentemente influenciados por el poder del pecado. De ese pecado en el origen y del pecado que por nuestra permanente debilidad y condición tantas veces nos invade y somete. De nuestras debilidades personales y del ambiente que muchas veces pretende maquillar la verdad de las cosas, o simplemente pretende imponer su mentira.



Cumplir la voluntad de Dios es la razón de nuestra existencia, porque si todos comprendemos con facilidad, que cualquier padre o madre desea lo mejor para su hijo, y que todo el amor y educación que le darán irá orientado a que sepa valerse por sí mismo, desde unos valores humanos auténticos, con mucha más rotundidad debemos decir que ese amor y esa pedagogía de Dios para con nosotros, buscan nuestra plenitud personal y comunitaria desde el ejercicio de la auténtica libertad.



Para aceptar la voluntad de Dios es necesario poner en él nuestra confianza, nuestra esperanza y dejarnos modelar de nuevo.

Sólo bajo la acción de la gracia es posible escuchar atentamente lo que el Señor nos dice, y en el sacramento de la curación interior, de la reconciliación personal, encontramos el medio eficaz para ponernos en sintonía con Dios.

Es imposible que quien está bajo la acción del mal, del pecado, pueda realizar la voluntad de Dios, si previamente no se arrepiente y cambia de vida. El mal sólo lleva al mal, y quien se introduce en ese camino, es un peligro para sí mismo y para los demás. Sólo la bondad saca de sí lo bueno, y quien tiene en su corazón esta grandeza, incluso cuando tropieza y cae, sabe buscar, con la ayuda de Dios, la salida a su debilidad.

Por eso la frase final del evangelio de Jesús. Hay personas que a pesar de sus debilidades y pecados, buscan siempre superarlos, y con el corazón arrepentido vuelven su mirada hacia Dios, para que él con su misericordia nos devuelva la salud del alma. Otras sin embargo, se mienten a sí mismas y a los demás para permanecer en su sitio, víctimas de la ambición de poder.



Que nosotros estemos siempre abiertos a la conversión; que a pesar de decir muchas veces no, al Señor, abramos nuestra alma al arrepentimiento y acojamos el don de su misericordia y de su amor. Así viviremos en la dicha de los hijos de Dios, nos haremos comprensivos con los demás, y poco a poco, transformaremos nuestra vida por la acción de su gracia.



Que nuestra madre, la Virgen Santa María, nos ayude a reblandecer la dureza de nuestro corazón, y nos haga humildes para escuchar la voluntad del Señor y ponerla en práctica.

sábado, 16 de septiembre de 2017

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO

17-9-17 (Ciclo A)



       Si el domingo pasado Jesús nos enseñaba a corregir al hermano, desde esa actitud tan auténtica de la corrección fraterna, hoy el Señor realiza una llamada a la generosidad en el perdón. Un perdón que proviene de su amor y misericordia, y del que todos estamos necesitados por igual. De tal modo que si nuestro ánimo se deja llevar por la mezquindad, a la hora de acoger al hermano, ponemos en serio riesgo nuestra capacidad para acercarnos de forma auténtica al perdón de Dios.

La Palabra de Dios nos invita precisamente a tomar conciencia de nuestra común condición de pecadores, de manera que al asumir nuestra limitación y miseria, nos hagamos sensibles a las debilidades de los demás, y sobre todo, asumamos el serio compromiso de transformar nuestras vidas, en el camino de la conversión y del encuentro gozoso con Jesucristo que nos perdona setenta veces siete, es decir siempre que de corazón y verdad, acudamos a él.



Pero la triste realidad de nuestros días, es que evitamos enfrentarnos de forma madura a nuestra propia verdad, justificando nuestros comportamientos y dulcificando las actitudes que en ellos se manifiestan para no asumir la responsabilidad que de los mismos se puedan derivar.

Y lo primero que hacemos en este sentido es devaluar la realidad del pecado. De hecho es una palabra que sólo se utiliza para ridiculizar las prácticas religiosas, creyendo que de este modo superamos sus efectos reales y alejamos de nosotros sus consecuencias.

Al rechazar y diluir en la banalidad, los comportamientos contrarios a una recta moral, formada de manera adulta en los valores del evangelio, o de la misma ética social, el hombre de hoy se erige en paradigma de su comportamiento, rechazando cualquier intervención distinta de su antojo a la hora de valorar y decidir sus actos.

Y cuando esto ocurre, la decadencia personal y el desastre colectivo se abren paso de manera inexorable.

Es doctrina fundamental de nuestra fe, que Cristo murió por nuestros pecados, y que en la Cruz, Jesús redimió a la humanidad entera. Por lo tanto cuando un cristiano se permite el lujo de decir que él no tiene pecado, simplemente está rechazando la obra redentora de Cristo en su vida, y alejando de sí de su efecto salvador.



Todos, en virtud de nuestra común condición humana, estamos sometidos a las consecuencias del mal en nuestras vidas, y ese mal tiene resultados para nosotros, bien como causantes del mismo o como víctimas de su efecto. Y hace falta una gran calidad humana, manifestada en la humildad del corazón, para aceptar con sencillez nuestra responsabilidad y acudir al Señor para acoger su misericordia y perdón.

El evangelio que acabamos de escuchar nos da una gran lección de lo que significa la misericordia divina, y del camino que nos conduce a ella, así como de las consecuencias letales que para el hombre tiene su rechazo y orgullosa obstinación.



Todos queremos que se nos mire con misericordia y bondad. Y por grandes que sean nuestras miserias, siempre buscamos la compasión y comprensión. Sin embargo cuanto nos cuesta ejercitar esas mismas actitudes con los demás. Jesús, buen conocedor del corazón humano, acoge la pregunta de Pedro para dar una lección de lo que significa el perdón, y nos ofrece el único camino que conduce hacia él.

En primer lugar, vemos como un gran deudor, o en términos morales, un gran pecador, se presenta ante su Señor a rendirle cuentas.

Y cuando es requerido ante el tribunal, y siendo consciente de la enorme pena que le será impuesta por su gran pecado, se humilla ante el Señor pidiendo clemencia. Y Dios, representado en aquel rey, se compadece de él perdonándole todo, devolviéndole su dignidad y libertad.

Pero ésta persona lejos de haber vivido con auténtica conversión este regalo divino, manifiesta su desprecio del mismo cuando teniendo ante sí a un hermano que le adeuda una miseria, lo trata con implacable dureza y sin compasión.



El episodio narrado causa tanto espanto entre quienes lo contemplan que acuden al Señor a narrarle lo sucedido. Y el resultado es concluyente, así como has actuado tú con tu hermano, serás justificado o condenado.



No podemos presentarnos ante el Señor pidiendo su misericordia con auténtica actitud de conversión, si no somos capaces de vivir la compasión con nuestros hermanos. De hecho cuando ponemos en nuestros labios la oración que Jesús nos enseñó, y pedimos al Señor que perdone nuestras ofensas, seguidamente decimos “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, y si es verdad que el perdón de Dios no puede ser condicionado por la acción del hombre, resulta en la práctica del todo imposible, poder aceptar el perdón divino, si no somos capaces de acoger y ofrecer el perdón humano.



El sacramento de la reconciliación, donde nosotros acudimos con sencillez ante el Señor, presente en la persona del sacerdote, es cauce ordinario y eficaz de la misericordia divina. No importa la gravedad o la levedad de nuestro pecado, lo importante es la actitud de autenticidad que en nuestra alma se vive, para presentarnos ante Dios con la verdad de nuestra vida.

Y tengamos presente una cosa, la mayor frecuencia en la recepción de esta gracia, nos ayuda a mejorar eficazmente nuestro ser, porque el don de Dios realiza su acción sanadora cuando dejamos que sea él quien nos orienta y estimula, ayudándonos a levantarnos después de la caída.



La práctica de la confesión ha descendido en nuestros días, de forma alarmante, especialmente en nuestras sociedades tan secularizadas. Y mirad, el hecho de no confesarnos no nos ha hecho mejores personas, ni ha mejorado las relaciones entre nosotros, más bien al contrario. Cuando impido que mi vida sea contemplada con otros ojos distintos de los míos, y cierro mis oídos a los consejos que desde el evangelio el ministro de la Iglesia me ofrece, para mi mejor provecho y conversión, al final voy expulsando a Dios de mi vida, para situarme yo en su lugar, constituyéndome en principio y fin de mis acciones y deseos.



Pidamos en esta Eucaristía la gracia de acoger la verdadera conversión que el Señor nos ofrece. Que nunca desconfiemos de Él que se acerca para restañar nuestras heridas con el bálsamo de su misericordia, y que sepamos encontrar en este sacramento de sanación la fuerza necesaria para aceptar la verdad de nuestra existencia, presentarla con confianza ante el Señor, acoger su misericordia salvadora, y así comprender y perdonar a nuestros hermanos, como deseamos que Dios nos acoja y perdone a nosotros.


sábado, 9 de septiembre de 2017

DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO

10-09-17 (Ciclo A)



Un domingo más somos convocados por el Señor a compartir el don de la fe que de Él hemos recibido, para que alimentados con el pan de su Palabra y de la Eucaristía nos siga fortaleciendo en la fe, la esperanza y el amor.



Y así, entre las labores que debemos asumir de forma permanente, está la que recibimos por parte del Señor, que nos envía en medio de los hermanos para ser mensajeros de su Buena Noticia. Así nos lo recuerda a través del profeta Ezequiel “a ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel”.



Los cristianos debemos de vivir nuestra fe en medio del mundo con la plena consciencia de tener una misión personal y comunitaria consistente en ser mensajeros de Jesucristo para bien de toda la humanidad.



Como hemos visto tantas veces a través del Antiguo Testamento, los profetas sentían muchas veces la desazón por el desprecio y la indiferencia de los suyos. Ellos entregados a propagar la palabra de Dios en medio de su pueblo, eran rechazados, perseguidos y maltratados cuando sus profecías no eran del agrado del oyente. El desánimo calará tan hondo en su ser, que la Sagrada Escritura nos muestra cómo Jeremías, Isaías y Jonás llegarán a pedir a Dios que les retire de esa misión, que no cargue sobre sus hombros un peso tan difícil de llevar y que les causa tanto sufrimiento.

Sin embargo el Señor les anima a continuar con esa labor porque si ellos tampoco se entregan al servicio de los demás, nadie sembrará en medio del mundo la semilla del Reino de Dios.

Por otra parte, debemos caer en la cuenta, de que la fe es una experiencia personal pero no individualista; íntima pero no exclusivista; basada en el encuentro entre Dios y nosotros, pero siempre por medio de Jesucristo, de su palabra y de su vida,  y que animados por la acción del Espíritu Santo, nos impulsa a vivir la comunión entre los hermanos de forma solidaria y fraterna.



De este modo podemos comprender la profundidad que la Palabra de Dios contiene, y que es ante todo una llamada a vivir la fe con responsabilidad y fidelidad.



Nuestra condición de seguidores de Jesucristo nos lleva a asumir la misión que él nos ha encomendado y que tiene claras consecuencias para la vida cotidiana. No podemos pasar por la vida como si lo que en ella ocurre no fuera con nosotros. No podemos dejar abandonada a su suerte a esta humanidad de la que formamos parte, y por eso debemos sentir con fuerza la necesidad de hacer partícipes a los demás de este proyecto de nueva humanidad, cuyos valores se asientan en el Evangelio de Cristo.



Para que la experiencia cristiana pueda ser vivida por otros, necesita de testigos y transmisores que muestren con su vida que vale la pena abrazar este camino. Si los cristianos no nos convertimos en maestros de la fe, difícilmente convenceremos a nadie del sentido auténtico de nuestra vida.



Por lo tanto, proponer explícitamente nuestra fe a los demás, con verdad y sencillez, no es un favor que hacemos al mundo, sino una exigencia que brota de nuestro bautismo por el cual hemos sido constituidos en discípulos del Señor y evangelizadores de la sociedad.

Esta misión evangelizadora ha de vivirse en fidelidad al Señor, siendo conscientes de que la verdad del evangelio, al confrontarse con la realidad presente, va a provocar por nuestra parte una clara denuncia de las injusticias aunque eso nos comporte conflictos e incomprensiones.

No podemos sustraernos de las cuestiones que afectan a la persona actual sobre los temas más diversos y controvertidos que se suscitan, especialmente aquellos que inciden de forma injusta sobre los más indefensos, la protección y respeto de toda vida humana desde su origen hasta su final natural, la libertad religiosa tan denostada en tantos países y lugares de nuestro entrono, la defensa de la institución familiar, fundamento y pilar de una sociedad fraterna y solidaria,  exige de nosotros ser la voz que sobre los mismos ha de expresar la Iglesia en fidelidad a Jesucristo.

Y debemos manifestar públicamente nuestra clara oposición a aquellas cuestiones que atentan contra la dignidad del ser humano, por muy maquilladas que se presenten bajo falsas formas de derechos inexistentes.

Los cristianos no podemos silenciar nuestra voz por miedo a la crítica, a la manipulación  o a la incomprensión que podamos sufrir por parte de quienes optan por otra forma de vida. Ni debemos apoyar con nuestro silencio complaciente a quienes dirigen los destinos de nuestro pueblo, cuando no se hacen dignos de esa confianza.



Cuando un hermano nuestro atenta tan gravemente contra la vida de otro, debemos ayudarle a retomar el camino de la conversión y el arrepentimiento, así si nos escucha, habremos colaborado en la salvación de nuestro hermano. Y si persiste en su camino de muerte y rechazo de Dios, él será quien de deba dar cuentas por ello.



Qué necesidad tenemos de escuchar la voz del Señor. Una voz de amor y de misericordia que si bien reprende con firmeza el pecado y se resiste ante el mal, con mayor ternura se apiada del arrepentido y de aquel que humildemente desea retomar la senda del bien y de la vida.

Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva.



Hoy es un buen momento para reconvertir nuestro corazón, y así comenzar este periodo nuevo que pastoralmente iniciamos con una ilusión renovada y asentada en Cristo, que nos ama y nos envía para ser testigos de su amor en medio del mundo.


lunes, 24 de julio de 2017

SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO - PATRONO DE BILBAO



SOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO

25-7-17

       Celebramos hoy con alegría la fiesta de nuestro Santo Patrón, el Apóstol Santiago. El primero de los apóstoles del Señor en sellar su fiel seguimiento de Cristo con el martirio. Como hemos escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles, su tesón, su entrega y su lealtad por la causa de Jesucristo, hace que sufra las iras del rey Herodes y sea ejecutado.

       Su muerte será el comienzo de una dura persecución contra los discípulos y seguidores de Jesús, pero que en vez de acabar con la llama de la fe, sería el riego fecundo de una tierra que vería crecer con vigor la semilla del Reino de Dios instaurado por Jesucristo, el Señor.



       Desde aquellos tiempos apostólicos, hasta nuestros días, han transcurrido muchos siglos, con sus noches oscuras y días de luz para la historia de la Iglesia. Pero siempre, y a pesar de las dificultades y penurias por las que nuestra familia eclesial ha podido atravesar, la fe de los apóstoles, su vida y su obra, son el fundamento y el ejemplo de nuestro seguimiento actual de Jesucristo.



       De Santiago sabemos muchas cosas; era pescador, el oficio de su familia, de posición acomodada dado que su padre Zebedeo tenía jornaleros; su recio carácter le hacía merecedor junto a su hermano Juan, del sobrenombre de “los hijos del trueno” (Boanergers). Como también hemos escuchado en el evangelio, su madre, Salomé pretendía situar a sus hijos en los puestos principales en ese reino prometido por Jesús. Lo cual les acarreó los recelos de los otros diez discípulos.



       Y al margen de las anécdotas, lo fundamental es que era amigo del Señor. Santiago pertenecía junto a su hermano y Pedro, a ese círculo de los íntimos de Jesús. Él será testigo privilegiado de los hechos y acontecimientos más importantes en la vida del Maestro; asiste a la curación de la suegra de Pedro; está presente en el momento de la transfiguración, en el monte Tabor; es testigo de la resurrección de la hija de Jairo; y acompañará a Jesús en su agonía, en Getsemaní.

       Pero Santiago también vivirá de cerca los momentos de amargura, el prendimiento de Jesús y la huída de todos ellos. Conocerá en su corazón el dolor de haber abandonado a su amigo y el don de su conversión motor y fuerza de una nueva vida entregada por completo al servicio del evangelio y a dar testimonio de la resurrección de su Señor.

       La tradición que vincula a Santiago con nuestra tierra se remonta a los primeros tiempos de la expansión cristiana por el mundo, hasta hacer de su sepulcro en la ciudad  Compostelana, lugar de encuentro universal de culturas y razas unidas por una misma fe.

       Precisamente esta devoción popular nos ha situado a nosotros desde antes de la fundación de nuestra villa de Bilbao allá por el año 1300, en paso obligado a los que desde la costa peregrinaban a Compostela. Y así de los cimientos de aquella primitiva iglesia de Santiago, se edificaría la que hoy es nuestra Catedral, colocando el origen y el final de este largo camino, bajo el patrocinio del mismo apóstol haciéndolo oficial para el templo y la Villa en el año 1643.

Millones de peregrinos se acercan cada año hasta Santiago de Compostela para venerar las reliquias del apóstol, y en el esfuerzo de este largo camino, encontrar desde la soledad y el recogimiento, el sentido de la auténtica vida cristiana.

       Santiago experimentó en su corazón una gran transformación que le llevó a cambiar su vida de forma radical para configurarse a Jesucristo. Su oficio de pescador lo cambió por el de misionero y pastor del pueblo a él encomendado. De aspiraciones y pretensiones de grandeza, pasó a buscar sólo la voluntad de Dios y ponerla por obra.

       De esta forma el que en la vida buscaba la gloria llegó a alcanzarla aunque por un sendero bien distinto al soñado en su juventud.



       En nuestros días muchos jóvenes son protagonistas de este camino compostelano. Jóvenes que también marchan buscando un sentido a su vida y un horizonte por el que les merezca la pena entregarse.

       Hoy nos unimos a ellos y a todos los peregrinos que con ilusión inician un camino intenso. Que estos días les ayude a encontrarse con ellos mismos y con Dios, y que el santo apóstol les guíe por la senda de la concordia, la solidaridad y el amor fraterno entre culturas y pueblos.

       En un tiempo donde los conflictos entre las naciones siguen sembrando de dolor y angustia a tantos inocentes, se hace muy necesario el fomento de estas experiencias de auténtica humanidad, donde la tolerancia y el respeto sean cauce de una comunicación  fecunda entre los pueblos.



       Por todo ello, hoy le pedimos a Santiago que siga velando por quienes honramos su memoria. Que nos ayude a fortalecer los vínculos fraternos entre todos los pueblos que lo celebran como su patrón, que nos anime en la construcción de la paz y la concordia, y que tomando su vida como ejemplo y estímulo, seamos fieles seguidores de Jesucristo, nuestro único Señor y Salvador.