jueves, 28 de junio de 2018

DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO



DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO

1-7-18 (Ciclo B)



Hay una frase de Jesús, que constituye el núcleo fundamental de la Palabra proclamada y, desde ella, de toda nuestra vida, la que dirige con firmeza a ese padre desesperado que acude a él para que cure a su niña: “No temas; basta que tengas fe”.

Lo mismo que reclamaba el domingo pasado a sus discípulos cuando aterrados creían ahogarse en medio de la tempestad, “¿es que todavía no tenéis fe?”

La fe es el fundamento de nuestra existencia. La fe es el tesoro más preciado que podemos tener, ya que constituye la roca sobre la que asentar nuestra vida, porque ante los momentos de adversidad, cuando los acontecimientos personales, familiares o sociales nos desestabilizan y parece que el suelo desaparece bajo nuestros pies, qué necesario nos resulta estar bien asentados en Jesús, roca y cimiento de nuestra vida.

Y desde esa fe en el Señor, vamos a profundizar en la Palabra que hoy nos propone la liturgia de la comunidad eclesial. Y así lo primero que debe resonar siempre con indudable insistencia es lo que nos dice el Libro de la Sabiduría: “Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. /…/Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser”

La muerte no es obra de Dios, por lo tanto cuando esta ocurre, y buscamos las causas que la provocaron, debemos encontrarlas fuera del ser de Dios en cuanto a su causa. Y la causa la da el mismo autor sagrado “mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo”. La muerte es siempre consecuencia del pecado, y aunque esta expresión sea tantas veces repetida, no siempre la comprendemos bien.

Existe una relación causa-efecto entre el mal y la muerte. Y estamos exhaustos de verlo con tanta frecuencia cerca y lejos de nuestra realidad vital. Asesinatos, guerras, terrorismo, crímenes de género, extorsiones, robos, secuestros, abusos y violaciones. Podríamos ampliar todo lo que nos da la mente para darnos cuenta de cuanta destrucción provoca el ser humano cuando su alma se pervierte, cuando el mal le ciega, cuando se deja seducir por un egoísmo y soberbia desmedida. Cómo es posible que si Dios nos ha creado a su imagen y nos ha hecho substancialmente buenos, insuflando en nosotros su espíritu de vida, podamos producir efectos tan destructores e inhumanos.

Y la respuesta que da la Sagrada Escritura apunta a la envidia del diablo como causa originaria de ese mal, y cuyo relato nos retrotrae a esa soberbia del hombre que se deja seducir para ser como Dios. En el relato del fruto prohibido del cual el hombre y la mujer comen, está el deseo de convertirnos en dueños de la vida y de la determinación del bien y del mal, en definitiva, sustituir a Dios por el hombre idolatrado.

Yo soy quien decide lo que es bueno y malo, lo que se puede o no hacer, lo que quiero en cada momento, y en última instancia la vida y la muerte. Porque cuando los intereses egoístas del hombre se topan con algún obstáculo, este se puede sortear conforme a mis intereses y criterios. Y si estos criterios carecen de cualquier referencia a Dios, porque yo mismo me he erigido en dueño de todo, el poder que ostento se hace absoluto y tirano.

Frente a esta realidad, fruto de una libertad mal entendida y peor ejercida, Jesús muestra una manera de vivir totalmente contraria y liberadora. Jesús sabe que Dios no es el autor del mal, ni de la muerte, sino el Dios de la vida y del amor, por medio del cual fuimos creados a imagen y semejanza suya, y que es permanente referencia de una auténtica humanidad.

Por esa razón siempre estará atento a las necesidades de los demás, vengan de donde vengan, bien sea del jefe de la sinagoga, como de aquella pobre mujer anónima que llevaba doce años enferma.

Una mujer que en medio de la muchedumbre busca desesperadamente encontrarse con Jesús en quien ha puesto su última esperanza de curación. O bien ese hombre llamado Jairo, quien no siente escuchadas sus oraciones y que acude ante el nuevo maestro que a todos desconcierta.

Y la respuesta de Jesús es la misma para los dos, tened fe. A la mujer su fe la ha curado, a Jairo le pide que no pierda su fe en Dios.

Cuantas personas hoy y siempre han acudido a Dios con ese deseo ferviente de encontrar una respuesta a su súplica; ante la enfermedad grave de un ser querido, ante la pérdida de un empleo siempre necesario para poder desarrollar dignamente la vida, ante cualquier tipo de sufrimiento que nos arrebata la paz. Y esa es una buena actitud si nuestra confianza permanece a pesar del resultado tantas veces contrario a lo deseado.

 Una cosa es acudir a Dios desde una fe confiada y otra muy distinta condicionar esa fe a la obtención de  los resultados requeridos. El amor siempre es incondicional, y hemos de asumir la limitación de nuestra condición humana, sabiendo que a pesar de la inocencia la dinámica del mal del mundo también impone su ley.

Pero una cosa es aceptar la finitud del presente y otra que Dios no tenga una palabra que decir al respecto.

El mal, el pecado, la muerte, se han hecho su sitio dentro de la historia humana, pero no tienen la última palabra sobre la misma. Y es lo que tantas veces Jesús ha intentado transmitirnos con su entrega absoluta al plan salvador de Dios. Ahí se sitúan sus milagros, no como algo discriminatorio, que a unos sana y a otros nos, a unos devuelve a la vida y otros se mueren. La acción de Jesús apunta a una realidad mucho más grande, donde la salvación universal es un deseo de Dios para todos sus hijos, y donde la respuesta del hombre a ese amor creador, le abre la puerta de la vida en plenitud.

Dios no nos ha abandonado, aunque en ocasiones la barbarie del hombre, nos pueda llevar al escándalo. Dios se hace partícipe del sufrimiento del hombre, experimentado en la muerte violenta de su Hijo Jesucristo. Pero el silencio de Dios ante el grito desesperado de sus hijos no es debilidad divina, sino espera respetuosa a la respuesta que el ser humano quiera darle como opción fundamental de su vida. Y si esta respuesta humana parte de la confianza, de la conversión y de la acogida agradecida al amor que de Él hemos recibido, nuestro sitio es el mismo que preparó desde siempre para todos los bienaventurados. Pero si la respuesta es la negación de Dios y la permanencia en el mal causado, no será posible que encuentre su sitio en la mesa del Reino de Dios.

Dios nos ha dado el don inmenso de la libertad, pero si no somos capaces de desarrollarlo conforme a su proyecto de vida, de amor y de paz, ese don se convertirá en cauce de perdición.

Que el Señor siga animando nuestra fe y nuestra esperanza, para que en medio de las dificultades de este mundo sigamos asentados en la confianza a su amor, que nunca nos defrauda.

jueves, 21 de junio de 2018

SAN JUAN BAUTISTA - SOLEMNIDAD



SOLEMNIDAD DE S. JUAN BAUTISTA

24-6-18



         Hoy es un día grande en la Iglesia, y en especial lo es para nuestra Unidad Pastoral que se siente unida a la alegría de celebrar a uno de nuestros santos Patronos, San Juan Bautista, titular junto a S. Juan Apóstol y Evangelista, titulares de la parroquia de los Santos Juanes. Solamente hay tres fiestas en el año que nos recuerden con solemnidad el nacimiento de alguien importante para nuestra vida de fe. La natividad del Señor, la de María y esta de Juan el Bautista. Cuando la comunidad cristiana destaca con esta relevancia a alguien distinto de Jesús y de María es porque su presencia en la historia de la salvación también ha sido fundamental.

         De Juan dirá Jesús, que no ha habido hombre nacido de mujer mayor que él. Juan será el puente entre dos mundos, el del antiguo testamento y el nuevo inaugurado por Jesús. Juan será quien movido por el Espíritu Santo señale al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” e invite a sus seguidores a hacerse ahora discípulos del Señor.

         Juan también tendrá que asumir los costes de la fidelidad a la verdad y al amor de Dios. Su denuncia de la injusticia y de la opresión con la que los poderosos someten a los pobres y excluidos de la sociedad, le conducirán a la muerte, y su martirio servirá para que muchos encuentren en Jesús el camino, la verdad y la vida.

         También nosotros somos llamados a descubrir nuestra vocación en medio de la vida. Como nos enseña el profeta Isaías, antes de formarnos en el vientre materno Dios nos llama a la vida en plenitud desde su seguimiento. Dios está detrás de cada acontecimiento que marca positivamente la vida de las personas. El don de la fe que hemos recibido se convierte en tarea personal y comunitaria. Todos hemos de descubrir cuál es nuestra misión y como Juan “preparar el camino del Señor”, para que en medio de nuestro mundo, hogar, trabajo, familia y amigos, seamos profetas del Altísimo.

El profeta no es alguien que sólo transmite calamidades y amenazas. El profeta no es un ave de mal agüero. El profeta es ante todo un sembrador de esperanza que va preparando el terreno para que la semilla del Reino pueda germinar, crecer y desarrollarse superando adversidades y confiando siempre en la Palabra de vida dada por Dios.

         Nuestro mundo actual sigue necesitando voces que lleven la esperanza a los demás. Hombres y mujeres que se rebelen contra la injusticia y la denuncien; que no sucumban ante las seducciones de las riquezas y los honores del poder.

         Denunciar hoy situaciones que atentan contra los derechos de las personas aunque éstas vengan de lejos y tengan otra raza y cultura, supone enfrentarse a leyes injustas que deciden quienes son personas con derechos y quiénes han de ser considerados ilegales.

         Queridos hermanos, el tirano del presente no está disfrazado de persona regia (como Herodes), sino que viene oculto tras actitudes colectivas y personales que fomentan la exclusión, se aferran a la intolerancia y generan cada vez mayores bolsas de marginación y miseria. El “Herodes” de hoy encarnado en el poder omnipresente de multinacionales también corta las cabezas de aquellos que luchan por la dignidad del ser humano sin diferenciar razas, ni culturas, ni credos. Cada vez que alguien eleva su voz para denunciar la injusticia, renace el espíritu de S. Juan; cada vez que una persona defiende los derechos de los inmigrantes, de los marginados, de los pobres, de las mujeres maltratadas, de los colectivos humanos que padecen cualquier situación contraria a su dignidad, renace la vida del Profeta de Dios.

         Con Juan terminaron los profetas de la Antigua Alianza, pero comenzaron los precursores de esta etapa final de la historia. Nosotros somos herederos de esta tarea y es bueno que en este día en el que destacamos la vida de este hombre, pidamos al Señor que su Espíritu nos ayude a vivir con su misma vitalidad y entrega.

         Todavía son necesarios los profetas, hombres y mujeres que sigan señalando con su ejemplo y testimonio el camino que conduce hacia una auténtica humanidad. Los gestos de solidaridad que vamos haciendo, la denuncia de la injusticia que realizamos aún a costa de nuestro propio prestigio y aceptación, son signos de que el Señor sigue pasando a nuestro lado.

         Hoy sigue siendo necesario que los cristianos alcemos nuestra voz contra la cultura de la desigualdad y de la muerte. Señalando los espacios donde la vida débil e inocente se ve amenaza, bien por el egoísmo destructor, o por ideologías que descartan al débil.

         Disponer adecuadamente el camino al Señor es tarea de todos los discípulos de Cristo, para que Jesús pueda acercarse con su misericordia sanadora a tantas personas necesitadas de un sentido nuevo en sus vidas, que les lleve a vivirlas con resp0onsabilidad y plenitud.

         Que esta fiesta que nos recuerda el nacimiento de S. Juan, nos ayude a todos a compartir su ejemplo de tal modo que podamos con nuestra vida preparar el camino al Señor y señalarlo vivo y presente en medio de nuestro mundo.

viernes, 1 de junio de 2018

CORPUS CHRISTI



SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

CORPUS CHRISTI  3-06-18



       Un año más celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Memorial de su Pasión, muerte y resurrección, y Sacramento de su amor universal. Precisamente por ese amor entregado para nuestra salvación, podemos unir en esta fiesta del Corpus el día de la Caridad. Al compartir el alimento que nos une íntimamente a Cristo nos hacemos partícipes de su  mandato “haced esto en memoria mía”, aceptando su envío en medio de los más pobres para compartir con ellos nuestra vida y nuestra fe.

En esta fiesta litúrgica de hoy, la Iglesia nos invita a profundizar en el don inmenso de la Eucaristía. Como nos enseña el Vaticano II, "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (SC 47).

Desde esta fidelidad al don recibido de manos del Señor, no podemos separar la eucaristía de la caridad. Los cristianos que nos reunimos para escuchar la palabra del Señor y compartir el pan de la vida que él nos da, hemos de prolongar esta fraternidad eucarística en el mundo nuestro, junto a los hermanos que carecen de afecto, de medios, de una vida digna y feliz.

       No todo el mundo vive dignamente, de hecho somos una minoría los que en el mundo actual podemos agradecer esta vida digna. La mayoría de la población mundial carece de los recursos necesarios para una subsistencia adecuada. Y en vez de acoger su precariedad para sentirnos solidarios con ellos, muchas veces nos fijamos en aquellos que se enriquecen con facilidad y rapidez poniéndolos como modelos a seguir, y hasta envidiándolos por su opulencia.

Una cosa es luchar legítimamente por alcanzar esa vida digna a la que todos tenemos derecho y otra muy distinta la ambición desmesurada que al final nos endurece el corazón hasta llevarnos al egoísmo y a la idolatría del dinero.

La entrega de Jesucristo en la cruz, nos abre la puerta de la redención. Y aquella entrega viene precedida de una vida sensible para con los necesitados, los enfermos, los pobres y los marginados.

A Jesucristo resucitado se llega por medio de una vida ungida por el Espíritu de Dios para anunciar la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la salud a los enfermos y la salvación para aquellos que acogen este don de Dios.

       Cristo nos dejó su testamento en el cual nos ha incluido a todos y no sólo a unos privilegiados. La vida en este mundo es injusta y desigual no porque Dios lo haya querido sino porque nosotros lo hemos causado. Dios no quiere que haya pobres y ricos, rechaza la injusticia que causa este mal, y nos llama a su seguimiento a través del camino de la auténtica fraternidad y solidaridad.

       Este testamento de Cristo lo actualizamos cada vez que nos acercamos a su altar. Su Cuerpo y su Sangre entregadas por nosotros, y compartidos con un sentimiento fraterno y solidario, nos unen a la persona de nuestro Señor Jesucristo y a su proyecto salvador. Por eso “cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte y tu resurrección hasta que vuelvas”.

       Por eso, cada vez que comemos y bebemos el Cuerpo y la Sangre del Señor, nos unimos vitalmente a Cristo para prolongar con nuestra vida y entrega, su obra misericordiosa en medio de nuestros hermanos más necesitados, a los cuales somos enviados como testigos del amor de Dios.

       La caridad no se hace, se vive. No hacemos caridad cuando damos dinero a un pobre, vivimos la caridad cuando nos preocupamos por su vida, buscamos cómo atenderla mejor, y nos esforzamos por acompañarle a salir de su situación para siempre.

       Vivir la caridad es prolongar la Eucaristía del Señor, su cuerpo y su sangre derramada por amor a todos, para la salvación de todos. Las palabras que día tras día escuchamos en la Consagración nos muestran que Jesús no economizó su entrega sino que fue universal y por siempre.

       Desde aquel momento en el que nacía la Iglesia, ésta siempre tuvo como acción primera y fundamental, unida al anuncio de Jesucristo, la vivencia de la caridad.  Atender a los pobres y necesitados estaba unido a la oración y a la fracción del pan de tal manera que no se podía permitir que en la comunidad de los cristianos alguien pasara necesidad.

En esta fiesta debemos también recuperar la conciencia del don que el señor ha puesto en nuestras manos. La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía (nos enseña el Concilio Vaticano II). Por eso la celebración eucarística trasciende nuestra realidad local y se une a la vivencia universal de la Iglesia. No podemos celebrar la eucaristía más que en la comunión eclesial, ya que es el Señor quien se hace presente en medio de su pueblo, congregado en la unidad del Espíritu por el vínculo de la paz.

       Vamos a pedir en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a vivir con gratitud este don esencial para nuestra vida espiritual. Sin eucaristía no hay Iglesia, y por lo tanto la fe se descompone. Esforcémonos también, por recuperar nuestra capacidad solidaria y fraterna para poder compartir con autenticidad el pan de la unidad y del amor.


sábado, 26 de mayo de 2018

SANTÍSIMA TRINIDAD



SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD

27-5-18 (Ciclo B)



       Celebramos hoy la fiesta en la que la comunidad cristiana vive de forma unitaria el ser de nuestro Dios. Un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

       Diferentes Persona, presencias y maneras de actuar en la historia del mismo Dios que se hace uno con nosotros, acompaña nuestra vida y nos llena de sentido, alegría y esperanza.

       Muchas veces hemos escuchado que la Santísima Trinidad es un misterio. Y es verdad porque todo lo que hace referencia a Dios desborda nuestra comprensión y entendimiento. Todas las personas somos un misterio y siempre hay algo en el otro que nos queda por descubrir. Hemos sido creados distintos, libres, capaces de recrear nuestra realidad y forjarnos nuestro ser y nuestro futuro.

       Esta experiencia, siempre novedosa y distante, es mayor si nos referimos a Dios. Nadie puede acapararlo en su mente o en su corazón. Dios siempre escapa a nuestra capacidad de comprensión o de explicación.

       Nuestro mayor acercamiento a la realidad divina  sólo ha sido posible a través de Jesús. El es el Hijo de Dios, y como tal nos ha mostrado quién es ese Dios a quién él se dirigía como su Padre. El Dios revelado a nuestros antepasados en la fe, Abrahán, Moisés, David... y anunciado por los profetas, es el mismo a quién Jesús llama Abba, Padre.

       Así lo reconocieron los mismos discípulos de Jesús cuando le pidieron que les enseñara a orar. “Cuando oréis hacedlo así, Padre nuestro del cielo...”.

       Parecía que estaba claro que Dios era padre y sólo eso.

       Pero a medida que transcurría la vida de Jesús, aquellos discípulos fueron viendo en él la misma presencia e imagen de Dios. Él era el Hijo amado a quien había que escuchar, seguir y anunciar a todos los pueblos.

       La muerte y resurrección de Jesús, es el momento trascendental para aquel grupo de hombres y mujeres creyentes. Jesús no sólo era el Hijo de Dios sino que era el Dios con nosotros anunciado por el profeta Isaías. Dios mismo se había encarnado para asumir nuestra condición humana y así llevarla a su plenitud. Y esta experiencia vital hace de los discípulos testigos de la Buena Noticia a la cual entregar su vida con gozo y esperanza.

       Pero cómo hemos podido nosotros, casi dos mil años después, llegar a comprender y acoger este don de Dios. Y aquí resuena la promesa del Señor que tras su resurrección anuncia dos acontecimientos, el primero en forma de regalo “recibid el Espíritu Santo”, y el segundo en el momento de su Ascensión en forma de promesa, “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El Espíritu Santo es el Dios que permanece a nuestro lado para seguir animando nuestro peregrinar por este mundo.

       Es el Dios que nos orienta en la vida para dar testimonio de su palabra y de su gloria. El Espíritu Santo mantiene viva la llama de la esperanza frente a los momentos de temor, duda o angustia, y es el que nos une de forma vital al Padre Dios a través del Hijo Jesús.

       La llamada que cada uno recibimos no es la de elucubrar cómo es el misterio que encierra el ser de Dios en sí mismo, lo realmente importante para nuestras vidas, es descubrir cómo está actuando ese Dios que me ha hecho hijo e hija suyo, en mi vida, en mi entorno personal, familiar y social, y qué me pide en cada momento de mi existencia para entrar en plena comunión con él.

       La definición tradicional de la Santísima Trinidad como Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero, podemos comprenderla mejor sintiendo que es el mismo Dios quien de manera distinta y a través de su ser paternal y fraterno entrega todo su amor en nuestra historia  para realizar en ella su obra salvadora.

       Nosotros hemos sido constituidos hijos de Dios, y como hijos, herederos de su reino. Pero también somos mensajeros de su Buena Noticia y es aquí donde la fuerza de su Espíritu nos sigue animando e impulsando en el presente.

       Nuestra vida de oración nos ha de unir más a Cristo y a la comunidad para que podamos desarrollar nuestra misión, tal y como él nos la encomendó, “id al mundo entero y anunciad el Evangelio”.

       Por eso es de vital importancia la dimensión contemplativa y orante de la Iglesia. No en vano unida a la fiesta Trinitaria, está la vida de tantos hombres y mujeres cuya vida está dedicada a la oración por la Iglesia y la humanidad entera.

       Los monjes y monjas contemplativos han descubierto que en la escucha de la Palabra de Dios, en la profundización de su enseñanza y en el diálogo personal e íntimo con él se pueden realizar plenamente como personas y a la vez ofrecer un generoso servicio al Pueblo de Dios.

       Sin su testimonio y entrega vocacional, todos los servicios y compromisos apostólicos quedarían desvirtuados. No hay entrega cristiana si no viene animada por la acción del Espíritu que nos manifiesta en todo momento cuáles son los cimientos de la fe. Y este pilar central del edificio cristiano no es otro que la vida de oración y de escucha del Señor. Sólo así podremos orientar bien nuestra acción comprometida a favor del reino de Dios, y bebiendo de la fuente que es Jesucristo, podremos ofrecer a los demás el agua viva que sacia la sed de sentido y de esperanza que tanto ansían.

       Hoy pedimos por todas las vocaciones cristianas, solicitando al Señor que siga llamando obreros  a su mies, que con generosidad y confianza se entreguen al servicio de los hermanos. Damos gracias a Dios por el don precioso de la vocación contemplativa, que acerca los ruegos y necesidades de los hombres hasta Dios,  a la vez que va sembrando con sencillez la semilla del Reino de Dios en medio de este mundo, haciendo germinar espacios de esperanza, amor y paz.

       Que en esta fiesta del Señor, sintamos con agradecimiento el don de nuestra fe, y por medio de la oración confiada nos sintamos animados y alentados para ser sus testigos en medio de los hermanos. La fiesta que el próximo domingo celebraremos, nos recuerda dónde está el alimento fundamental de esta vida interior. Que cada vez que participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, sintamos nuestras vidas más unidas a él, y sepamos entregarlas al servicio de su reino.

viernes, 18 de mayo de 2018

PENTECOSTES



DOMINGO DE PENTECOSTES

20-05-18 (Ciclo B)



      Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés, el día en el que por la acción del Espíritu Santo la Iglesia de Cristo toma conciencia de su misión, y se siente llamada a ser evangelizadora de todos los pueblos.

      Si en la fiesta de la Ascensión del Señor recibíamos el mandato misionero, “Id por todo el mundo y anunciad el evangelio....”, hoy recibimos el don del Espíritu Santo de quien dimana la fuerza necesaria para poder desarrollar esta misión desde la fidelidad al amor de Dios y en comunión con toda la Iglesia.



      Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, el Dios siempre a nuestro lado que sostiene, anima y alienta nuestra fe y nuestra esperanza para que sea germen de inmensa alegría en nuestros corazones y estímulo para seguir siempre al Señor en cada momento de la vida.

      Muchos son los dones que del Espíritu recibimos, sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, santo temor de Dios, todos ellos orientados a la construcción del Reino de Dios en la comunión eclesial. El Espíritu  Santo es quien anima y da valor en los momentos de debilidad, quien sostiene y alienta ante la adversidad, quien mantiene viva la llama de la esperanza cuando todo parece oscurecerse en nuestra vida, quien nos inunda con un sentimiento de gozo interno desde el que contemplar la vida con ilusión y confianza.

      El Espíritu Santo es quien garantiza que nuestra fe está unida a la vida de Jesús que se hace presente en medio de su Pueblo santo, y quien en cada momento de nuestro existir nos conduce con mano amorosa para vivir el gozo del encuentro personal con él, fomentando la experiencia de la auténtica fraternidad entre todos los hermanos.

      El Espíritu Santo nos une al Padre a través de su amor, y nos hace conscientes de que hemos sido transformados en herederos de su Reino a través de su Hijo Jesús.

      Fue el Espíritu quien acompañó a Jesús en todos los momentos de su vida. El mismo Espíritu que lo proclama el Hijo amado de Dios en su bautismo. Fue el Espíritu Santo quien ayuda a comprender a los discípulos que aquel a quien siguen por Galilea no es un hombre cualquiera, sino que es el Salvador, el Mesías.

      Será el Espíritu Santo quien mantenga en la agonía de Jesús la fuerza para entregar en las manos del Padre el último aliento de su vida. Y es que el Espíritu Santo no deja jamás de su mano a quienes han sido constituidos hijos de Dios.

      Pero esta experiencia personal, profunda y desbordante, la tenemos que vivir en la Iglesia y a través de ella construir nuestra comunidad. Ningún don de Dios es para fomentar el egoísmo personal. Todo don del Espíritu está orientado a construir la comunidad desde la fe, la esperanza y el amor.

      Así vemos, según nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, cómo al recibir el don del Espíritu Santo, los Apóstoles salen a anunciar la Buena Noticia a todos los congregados en Jerusalén, y lo hacen de modo que todos les comprendan.

      Desde el momento de la Creación ha sido voluntad de Dios, que todos sus hijos se salven, para lo cual fue acompañando bajo su mano amorosa a la humanidad de todos los tiempos. Y cuando llegó el momento culminante, envió a su Hijo amado para que por medio de su palabra, su testimonio y la entrega de su vida, todos sintiéramos el amor de Dios y acogiéramos ese don en nuestras vidas.

La vuelta del Hijo de Dios a su Reino, no nos deja abandonados, sigue con nosotros por medio del Espíritu Santo sosteniendo y alentando nuestra esperanza de manera que en nuestro corazón crezca cada día la certeza de participar un día de su promesa de vida eterna.

      Este sentimiento será más fuerte en la medida en que afiancemos en nosotros la comunión eclesial, la unidad fraterna entre los hermanos. La comunión, el sentimiento afectivo de unidad y concordia, es la garantía de que nuestra fe es auténtica. Donde hay división y enfrentamiento, no está el Espíritu Santo; el individualismo y la discordia no están alentados por el Espíritu Santo. Las palabras del Señor “que todos sean uno, como tú, Padre, y yo somos uno”, han de resonar siempre en el corazón de la Iglesia como el único camino para abrirnos al don del Espíritu Santo.

      Hoy volvemos a acoger este don que ya en nuestro bautismo recibimos de una vez y para siempre. En el Espíritu Santo hemos sido hechos hijos de Dios, y aunque ese amor jamás nos será arrebatado, de nosotros depende en gran medida que cada día crezca y madure en lo más hondo de nuestra alma. Así nos llenará de dicha y alegría, nos identificará ante los demás como seguidores de Jesucristo, y nos sostendrá en cada momento de nuestra existencia.

 No en vano en esta solemnidad, celebramos también el día del Apostolado seglar. Multitud de fieles organizados en movimientos y asociaciones laicales, van sembrando el Evangelio de Cristo a lo largo y ancho del mundo, animados por el Espíritu del Señor y deseando vivir con coherencia su fe, celebrándola entorno al Sacramento del Amor de Dios que es la Eucaristía, para que en ella, y desde ella, se vaya configurando una humanidad nueva y esperanzada.

Los cristianos tenemos que vivir con plena consciencia nuestra fe, conociendo en profundidad sus contenidos, en especial la vida del Señor, acercándonos a la Sagrada Escritura con la frecuencia de quien se siente hambriento de la Palabra de Dios, porque sólo Él puede aplacar nuestra sed. Y sobre todo nutrirnos del Pan de Vida que es Cristo que se nos entrega en el Sacramento eucarístico.


viernes, 11 de mayo de 2018

ASCENSIÓN DEL SEÑOR



SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR

13-05-18 (Ciclo B)



       Con la fiesta de la Ascensión termina la presencia del Señor entre los suyos y nos abrimos a la misión evangelizadora de la Iglesia animados por el Espíritu que recibiremos en Pentecostés. Es esta una fiesta en la que la comunidad cristiana recuerda el momento en el que Jesucristo resucitado culmina su misión en el mundo y regresa al Padre para vivir la plenitud de su gloria.

       El simbolismo de este día, nos quiere introducir en la profundidad del sentido último de nuestra existencia de la cual Cristo es primicia y fundamento. En la Ascensión del Señor, y su vuelta a la plenitud de su gloria antes de su Encarnación, se ilumina el final de la historia de la humanidad donde Dios nos acogerá con su amor de Padre. Jesucristo nos abre el camino, y nos preparará un sitio, para que donde esté él, estemos también nosotros, como nos anunció en su vida terrenal. En la fiesta de la Ascensión, podemos descubrir el final del camino, de la verdad y de la vida del Señor, que nos ha abierto las puertas de la eternidad de forma amplia y generosa.

       Pero a este final glorioso se llega a través de la vida concreta, limitada y frágil, a la vez que confiada y gozosa, de nuestra historia humana. Una historia traspasada muchas veces por el dolor y el sufrimiento que provoca la injusticia, y otras sostenida por la  esperanza de la entrega y la solidaridad de tantas personas que aman de verdad a sus semejantes. Pero sobre todo, una historia compartida por nuestro Dios en la persona de su Hijo, Jesús, camino, verdad y vida, que nos acompaña y sostiene en nuestro peregrinar hacia la meta prometida por el Padre.

       El tiempo pascual que los discípulos del Señor vivieron junto a Él, y que se nos ha aproximado durante estos días a través de la Palabra de Dios proclamada, ha sido ante todo un tiempo de formación personal y espiritual, para afrontar el gran reto que ahora se les presenta. Ser ellos testigos y misioneros del evangelio.

       La muerte de Jesús y su posterior resurrección, fueron dos hechos de tal magnitud que hacía falta un proceso para poder asimilarlo, comprenderlo y confesarlo con fe y gratitud. Los primeros momentos del tiempo pascual nos mostraban las grandes dificultades que tenían para aceptar esa verdad. Las dudas de Pedro y Juan que van corriendo al sepulcro para ver si es verdad lo que dice María Magdalena; Las palabras incrédulas de Tomás que necesita palpar y ver para creer. El silencio de los demás que no se atreven a preguntar en medio de sus dudas e incertidumbres.

       Todo eso requiere ser madurado en el corazón, contrastado por la experiencia de los hermanos y acompañado por el Maestro que sigue vivo, animando y sosteniendo la fe de los suyos. Jesús realiza esta labor catequética para ayudarles a entender y prometerles la gran ayuda permanente del Espíritu Santo que pronto recibirán.

       Este Espíritu completará en ellos la acción salvadora de Dios transformando sus temores en confianza y cambiando sus miedos por el compromiso misionero y evangelizador del mundo.

       En la fiesta de la ascensión de Cristo, se nos está mostrando el destino último de nuestras vidas, el cielo y la tierra se unen en la persona de Jesucristo, y el camino que nos conduce a su gloria se nos ofrece como posibilidad futura y cierta.

       Jesucristo desaparece de su mirada, pero no de sus vidas. El Señor que promete su presencia entre nosotros hasta el fin del mundo, será quien aliente sus trabajos y desvelos.

       Ahora les toca a ellos proseguir con su misión; anunciar la Buena noticia a los pobres, la libertad a los cautivos, la salud a los enfermos y proclamar el año de gracia del señor. El mismo proyecto que Jesús ya anunció en aquella sinagoga de Nazaret.

       Y esta misión evangelizadora cuenta con un gran potencial, la experiencia de ser testigos de lo acontecido. Ellos no hablan por puro sentimentalismo, ni defienden una idea vacía; ellos son testigos de una persona con la que han compartido su vida y que los ha transformado interiormente llenándoles de gozo  de esperanza y haciendo de ellos hombres y mujeres nuevos, libres, entregados y dichosos.

       Todo ello desde la convicción de que el Reino de Dios no es de este mundo, y por eso Jesús vuelve al lugar que le corresponde. Pero sabiendo que ese Reino ha comenzar en este mundo y que lo que pasa en la tierra no le es indiferente al Creador. Por eso no podemos desentendernos del presente ya que esa falta de amor y entrega a la obra realizada por Dios, nos haría indignos herederos de su promesa.



       “Vosotros sois testigos de esto”. Testigos de la vida de Jesús, de su entrega, de su palabra y de su resurrección. Jesús nos envía ahora a cada uno de nosotros para prolongar su reinado cambiando radicalmente el presente para acercarlo al proyecto de Dios.

       Jesús abrió con su vida un camino de esperanza y al acoger en su cruz a todos los crucificados por el sufrimiento y la injusticia, nos introduce en su mismo reino de amor y de paz. Esta esperanza que nos mantiene y fortalece se verá sostenida y fundamentada por la acción del Espíritu Santo que recibiremos en Pentecostés.

Que él nos ayude para seguir trabajando por transmitir esta fe a nuestros hermanos más alejados  a fin de que ellos también sientan el gozo y la alegría que nos da el Señor. Y que nuestra entrega generosa y confiada sirva para sembrar la paz y la justicia entre nosotros, sabiendo que el Señor está y estará junto a nuestro lado todos los días hasta el fin del mundo.


sábado, 5 de mayo de 2018

DOMINGO VI DE PASCUA



DOMINGO VI DE PASCUA

6-05-18 (Ciclo B) Pascua del Enfermo



El tiempo pascual que estamos viviendo camina hacia su punto culminante que será la fiesta de Pentecostés, y desde la perspectiva de los domingos que hemos celebrado, podemos recordar lo esencial de este camino. Los tres primeros domingos de pascua nos mostraban la alegría del encuentro con Cristo resucitado. Desde diferentes experiencias personales y comunitarias, los discípulos dispersados por el miedo y la frustración, vuelven a reunirse tras su encuentro con el Resucitado y la evidencia de que el Señor está vivo. El triunfo de Jesús sobre la muerte, será el núcleo de su mensaje, el fundamento de sus vidas y la única verdad por la que merece la pena entregar su existencia.

Así van caminando inicialmente de la mano del Señor quien les ayuda a comprender los gestos y las palabras expresadas y realizadas en su vida mortal.

Los siguientes domingos nos han ido mostrando, a la luz de esa experiencia pascual el rostro del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, y la necesidad de permanecer unidos a Jesucristo como el sarmiento a la vid, ya que sólo desde esa unidad esencial y fecunda, podremos dar fruto abundante y mantener vivas nuestra fe y esperanza.

Hoy la palabra de Dios nos abre la puerta a una experiencia aún más profunda en este camino de encuentro con el Señor, mostrándonos la esencia misma de Dios. “Dios es amor”. Y todo lo demás que podamos decir de nuestro Dios deberá ser interpretado a la luz de esta certeza fundamental. Dios es amor, y por eso comprendemos que su desvelo por el ser humano, hechura de sus manos, le llevara a encarnarse en nuestra naturaleza e historia para compartirla y redimirla para siempre.

Que Dios es amor nos lo ha estado repitiendo incansablemente Jesús en todos los momentos de su vida, cuando se acercaba a los enfermos, o bien acogía a los marginados. Cuando reinterpretando los preceptos y leyes enseñaba que el centro de toda conducta ha de estar en hacer el bien a los demás y evitarles cualquier mal.

Que Dios es amor se transparentaba en su mirada cuando conmovido por el dolor de los débiles, se entregaba a ellos en cuerpo y alma. Así se entienden con toda verdad sus palabras que aún resuenan en nuestra mente, “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”, y es que Jesús sí entregó su vida, pero no sólo por sus amigos, sino por todos, incluso por quienes provocaron su condena y jalearon su muerte.

Esta seña de identidad de Jesús no sólo es un rasgo de su persona, es además para todos nosotros mandamiento novedoso y esencial de la fe; “esto os mando: que os améis unos a otros”. La vida y la muerte de Jesús no son una representación para los anales de la historia humana. Para muchos que no han encontrado al resucitado en sus vidas sí se ha quedado en las notas de la vida de un hombre del pasado. Por eso andan tan preocupados en buscar sólo su humanidad y si no tienen suficientes datos que les agraden se los inventan dándolos al mundo como primicias de sus propias proyecciones.

Pero la vida y la muerte de Jesús han de ser contempladas a la luz de su resurrección. Porque es desde ella como podemos entender que sus palabras y sus obras tienen sentido y siguen siendo camino, verdad y vida para todos nosotros.

Jesús nos ha amado como el Padre le amó a él. Sin límites ni condiciones, con absoluto desprendimiento de sí mismo y con entera disposición para entregar la propia vida. Y como medio eficaz para poder desarrollar ese amor sólo nos muestra un camino, cumplir la voluntad de Dios, sus mandamientos, condición de posibilidad para lograr una auténtica humanidad. Los mandamientos de Dios no son un código de normas desencarnadas; para amar a Dios sobre todo, y al prójimo como a uno mismo, debemos antes recorrer un camino de respeto, de mirada limpia y corazón honesto, que nos haga capaces de reconocernos como hermanos e hijos del mismo Padre Dios.

Los mandamientos de Dios no son un tratado para mentes infantiles, son el reconocimiento adulto y maduro de que aquello que haga a los demás o deje de hacer por ellos, repercute de forma positiva o negativa en mí mismo y en quienes me rodean, haciéndome responsable de ello, para bien y para mal.

Para amar a Dios debo conocerle, y para conocerle necesito escuchar su palabra y contemplar sus obras en la persona de quien es claro reflejo de su ser, Jesucristo su Hijo amado. Si desconozco la vida de Cristo, si no me acerco a su evangelio narrado por aquellos que compartieron su vida y que fue escrito poco después de su muerte y resurrección para alimentar y sostener la fe de las comunidades cristianas nacientes, si no dejo que el testimonio de aquellos creyentes que entregaron su vida por amor al Señor vaya calando en mi vida, entonces seguiremos caminando como ovejas desacarriadas, a merced de los lobos que destrozan y dispersan el rebaño del Buen Pastor.



Todas las palabras y las obras de Jesús, tienen una única finalidad: “os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.

El amor del Señor es de tal magnitud y pureza, que no se ha guardado nada de su experiencia de Dios. Su deseo más intenso es que nosotros, sus discípulos y amigos, lleguemos a experimentar en nuestra vida sus mismos sentimientos, gozos y horizontes; compartiendo junto a él una vida verdaderamente plena en la que nuestra humanidad se identifique tanto con la de Cristo, que participemos de la plenitud de su vida divina.

Este es el verdadero amor, el que no se racionaliza ni se sopesa, el que no calcula sus beneficios o se resguarda ante posibles agresiones. El amor de Dios, como nos recuerda el apóstol S. Pablo, “disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca”. (1 Co 13,7-8a)

Hoy celebramos también la Pascua del enfermo. La Iglesia desde siempre ha tenido especial cuidado y ternura para con sus miembros más necesitados y débiles, conforme al estilo de vida de Cristo, salud de los enfermos.

Es en las situaciones de mayor debilidad, de sacrificio y penuria donde se manifiestan los verdaderos amores. Amar al sufriente, al dependiente, a quien nada puede hacer ni tan siquiera por sí mismo. Amar, cuidar y compartir la vida de nuestros enfermos, es abrir el evangelio del Señor y mostrar al mundo lo que significa la sacrosanta palabra “amor”.

Y esta experiencia cristiana de proteger y amar a los débiles, es en nuestros días un clamor irrenunciable. Cuando pervertimos la mirada sobre el otro, y condicionamos su existencia a nuestro bienestar o beneficio, entonces se resquebraja el valor de la vida humana hasta denigrarla y hacer de ella un medio para mis fines; de tal manera que si me sirve la conservo y si me estorba la suprimo, silenciando la propia conciencia que denuncia la crueldad de esta agresión mediante leyes injustas e inmorales que amparan la supresión del indefenso. Quienes promulgan estas leyes, o las consienten con su silencio cómplice, pretenderán justificar este crimen como el ejercicio de un derecho, pero la evidente maldad de aniquilar una vida humana indefensa, deja a la intemperie la realidad de su mentira e injusticia.



Dios, que es amor, nos ha creado en el amor, para que al ser amados primero por Él, vivamos en la dinámica creadora del amor al prójimo como a uno mismo. Porque el amor a los demás es el crisol del amor auténtico ya que “Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”. (1Jn 4,20)



Que el Señor nos ayude para saber dar siempre razón de nuestra fe, no sólo de palabra, sino especialmente con las obras del amor a los hermanos más débiles, a fin de que nuestro compromiso por su defensa y dignidad, les llene de vida y de esperanza.